jueves, 2 de mayo de 2019

Ahora


Me sentía como si hubiera librado una gran batalla. Agotada, extenuada, sin fuerzas para seguir. 

Llegué a mi casa y me desplomé encima de mi cama, como la noche anterior se desplomó hasta el último vestigio de mi corazón. Sabía lo que se me venía encima porque no era la primera vez, pero tenía miedo de no saber superarlo, porque no había sido igual, porque ya no había excusas, ni justificaciones, ni perdón.

Y como ocurre en esas ocasiones en que tu mente no alcanza a comprender lo acontecido, lloré. Lloré hasta gastar la última lágrima que quedaba en mis ojos, y cuanto más me esforzaba en pensar y buscar una explicación, menos sentido encontraba a lo ocurrido. 

Quizás fue culpa de mi inocencia. O no. Cómo puede ser que una persona que en un tiempo te quiso sea capaz de romperte de manera más fría que el propio hielo. Cómo puede sobrepasar los límites del respeto. Cómo puede ser capaz de humillarte creyéndose con legitimidad para hacerlo. Mil preguntas que no paraban de repetirse en mi mente durante los siguientes días. La imagen de todo lo ocurrido quedó grabada en mi memoria, en el lugar de las cosas que no se olvidan.

Y así me quedé yo. Rota.

Pero todos esos pedacitos que quedaron de mí se unieron para formar la semilla del cambio que necesitaba, de la fuerza que me diera impulso para por fin tener el coraje de decir adiós a quien me estaba haciendo daño, a quien no me estaba dejando ser, ni avanzar hacia los sueños en los que aún creo, y persigo.

Hace un mes.

Me había olvidado de quien era yo. Todas las personas que me conocen ahora hablan, y me dicen que estaba apagada. Que se me notaba en la mirada la tristeza, que mi sonrisa no tenía luz, que había perdido esa alegría que siempre me había caracterizado. Y cómo duele escuchar eso.

Todavía duele. Pero duele por aquella niña que creía en los cuentos de hadas y pensaba que su príncipe volvería a ella para salvarla, hasta que se dio cuenta de que el príncipe era un monstruo disfrazado que venía a destruirle. La máscara se le cayó demasiado tarde.

Pero no lo suficientemente tarde como para poner fin. Ahí termino todo, o más bien, ahí comenzó todo.

He aprendido que tienen razón cuando dicen que para que tu vida cambie y vengan cosas mejores, primero hay que decir adiós a todo lo que te está haciendo daño. Y dije adiós.

A partir de ese momento, todo empezó a salir bien. Ya no había nadie que me hiciera sentir menos, o sin valor. Todas las cosas que llevaba deseando desde hacía tiempo, vinieron a mí sin necesidad de insistir.  La vida empezó a cobrar sentido de nuevo. Todo volvía a su lugar, pareciera magia.

Y esa magia se reflejó en mí. 

Ahora, he aprendido lo importante que es respetarse a uno mismo, y quererse. No es un tópico. Lo importante que es darse valor y no dejar que nadie venga a exprimirte. El amor no duele, eso no es amor. Si alguna vez duele, huye, porque puedes acabar en el lugar más oscuro que nunca hayas imaginado.

Ahora, me dicen que vuelvo a sonreir como antes, que me ven fuerte, que he superado esta última piedra que se cruzó en mi vida, que he recuperado otra vez la luz, la alegría que conforma mi manera de ser.


Ahora, un mes después

Es solo es el comienzo. El camino es mucho más largo. Pero ya se ve algo ahí, a lo lejos. Y sé lo que es. Es un destino. O el destino. El mismo que llevo persiguiendo hace un año, o siete.